En medio del estallido y durante la pandemia desde Casa Acción comunitaria, la organización feminista que inicié en Valparaiso con la idea de trabajar proyectos comunitarios, la apuesta fue por la resistencia y consistió en concentrar las fuerzas en la única actividad posible en esos momentos, la olla común. Primero nos articulamos en torno a la olla de los gremios artísticos en la Ex Cárcel (Parque Cultural de Valparaíso) donde cada jueves junto a la SECH (Sociedad de escritores de Chile), entregamos más de 100 almuerzos  y pudimos sostener un micrófono abierto que terminó convirtiéndose en un importante escenario para la comunidad cultural que deambulaba en medio de la guerra social sin espacios posibles. Posteriormente y en alianza con la Asamblea Territorial del eje Ecuador, organice y convoqué una olla común para las trabajadoras sexuales y travestis de Valparaíso. La idea era organizar y enviar ayuda inmediata a una comunidad completamente inerme frente al encierro. No se trataba sólo de aliviar el tema de la alimentación sino también de generar una red de apoyo para combatir las depresiones y las crisis de salud mental que estaban manifestándose muy especialmente en la población no heteronormada. Así fue como con apoyo de la oficina de género de la municipalidad y mucho lobby conseguí finalmente el permiso oficial que nos permitió constituir la olla y circular por la ciudad con mínimas garantías de seguridad y en un horario privilegiado. Ese permiso fue para mí, una importante performatividad que la olla provocó, liberando relativamente a los cuerpos desobedientes de putas y travestis del encierro sanitario. También constituyó una performatividad generar las condiciones necesarias para la organización de un grupo anárquico por naturaleza, con diferencia de edades, de trayectos políticos y que no se conocían entre sí. Como Casa Acción me planteé el proceso como “escultura social” por lo que luego de 3 meses a la cabeza de la olla de las putas o putiolla como le pusimos inicialmente, abandoné la dirección dejando en mi lugar a la activista transfeminista Michelle Clementi que continuó con el proyecto rebautizándolo como el Ollón de las Putas, dialogando directamente con las organizaciones sociales.

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